​© Carla Querejeta Roca.

  • Facebook Clean
  • Instagram Clean

 

El territorio paradójico de la pintura de Carla Querejeta.

 

 

Fernando Castro Flórez.

 

 

Con la urgencia de un telegrama, Jackson Pollock trató de zafarse de la impresión de que su pintura fuera un “maldito caos” o, como malévolamente señaló Harold Rosenberg, “papel de pintura apocalíptico”. En realidad, el cuadro, convertido en suelo o, mejor, en territorio para el despliegue de acciones no era otra cosa que una compleja suma de destrucciones. Picasso fue, en verdad, quien mejor entendió esa tensión que llevaba del modelo vivo e intensamente erótico a una suerte de “antropología” que llevaba hasta lo catastrófico. En el cuadro encontramos, literalmente, sedimentadas las huellas de un proceso conflictivo. Carla Querejeta, sin ningún tipo de “angustia de las influencias”, despliega una poderosa dinámica pictórica que retoma el esplendor expresionista fusionando de forma admirable lo abstracto con un núcleo o una “osamenta” cuasi-figurativa. Para ella los cuadros son rastros de viajes, respuestas emocionales a trayectos que terminan por estar desprendidos de lo anecdótico.

Revisando sus obras recientes aprecio un sentido profundo de los ritmos y las pulsiones, una energía y una fuerza singular, pero sobre todo una capacidad extraordinaria para componer por medio del gesto y con un lujo cromático evidente. El azul domina más allá de cualquier concepción nihilista del imaginario, sin caer en una suerte de “lirismo” autocomplaciente. Si, por un lado, recuerda el agitado proceso “figurativo” de W. De Kooning también hay una rara analogía con los espacio “moleculares” gordillescos o una tensión que podría acercarla a los mejores momentos del neoexpresionismo alemán. Carla Querejeta, sin ningún género de dudas, ha sabido encontrar, más allá de las referencias o las correspondencias, un tono plástico personal que le permite dar rienda suelta a su deseo de sintonizar con un mundo que da la impresión de estar, en muchas ocasiones, fuera de quicio.

Carla ha declarado que su intención estética principal es la de hacer espacios, esto es, “la obra es espacio en sí misma”. Efectivamente, sus cuadros constituyen lugares: hacen del mapa un territorio, convierten en personal y afectivo lo que estaría sometido habitualmente al estereotipo del turismo o de lo “exótico”. En sus pinturas aparece trenzados entre gestos contundentes formas que evocan el tronco o las ramas de un árbol, acaso alegorice la necesidad de encontrar “raíces” en medio de un mundo que tiene algo de “jardín de senderos que se bifurcan”. Para Carla Querejeta toda obra es tanto creación cuanto destrucción “y no existe una sin la otra”. Así en sus obras encontramos rastros de cortes, presencias de desgarraduras, remiendos y “reconstrucciones a partir de despojos”. No se trata de un “bricolage” (propio de una estética híbrida devenida global) sino de una suerte de paradójica integridad de lo erosionado, una introducción del tiempo de las cosas en fricción con las vulnerabilidad del ser humano. En un cuadro titulado Calor una figura antropomórfica está en cuclillas bajo un amasijo de pintura gestual-material; ese ser desvalido parece buscar algo en la esquina inferior del cuadro. Puede que allí surja otro camino del mundo o acaso esté buscando una razón para seguir manteniendo una mínima esperanza. El territorio emocional de la pintura de Carla Querejeta nos enseña, una vez más, que viajar es el modo más extraño y necesario para comprender dónde estamos.